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Don Quijote, un pensador positivo

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escrito por Dr. Rodolfo Campos   
ImageEn nuestro caminar diario, nos encontramos con personas que tienen  marcado a fuego el signo de menos y  como resultado, son terriblemente negativas, a tal punto que nos fastidia hablar con ellos. En cambio, hay otras que son positivas y no se detienen ante ningún escollo. Son como el Hombre de la Mancha:

En esta grandiosa obra de la literatura española, Don Quijote ve a una prostituta  y le presenta sus respetos llamándola mi señora. Ella con pícara mirada y la boca entreabierta,  le guiña el ojo y le dice con sorna y llena de incredulidad. ¿Una señora Yo? Nací en una zanja y allí me dejó mi madre, desnuda, fría y hambrienta,  hasta el punto de no tener fuerza para llorar. -¡No le  echo la culpa!-. Dice don Quijote. El Hombre de  la Mancha continua mirándola, continua pensando lo mejor para ella y le dice en tono solemne. “El nombre de usted, no es Aldonsa.

Yo le pongo un nombre nuevo. Usted es mi señora y el nombre que yo le pongo es Dulcinea” Ella aparece en una escena más adelante, presa de un ataque de histeria, tras haber sido violada en el pajar, por unos huéspedes desalmados.

El Hombre de la Mancha afirma de nuevo su creencia en la bondad de ella. Pero herida, aplastada, llena de odio hacia sí misma, le contesta a gritos “No me llame señora, no se fije en mi. ¡Yo no soy más que una fregona empapada en sudor, una ramera, de quien los hombres abusan y enseguida olvidan! Yo solo soy Aldonsa, una porquería”

Y dicho esto, sale apresurada de la escena. Mientras ella se marcha, él vuelve a llamarla ¡Señora mía! Y tras una breve pausa, mirando hacia su propia sombra, continúa diciendo “Señora mía” En la  quietud de su soledad, pronuncia  en voz baja el nuevo nombre que él le puso, ¡Dulcinea!

Al final de la obra, el Hombre de la Mancha aparece en el lecho de muerte, con el corazón quebrantado por la desilusión. Entonces una señora española, de espléndida belleza, se acerca a su lecho. -¿Quién es usted? -Pregunta él, con voz de moribundo. Ella permanece arrodillada a su lado. De repente la mujer se alza del suelo, se yergue cuan alta es  y responde con un gesto de regia hermosura -¿Mi nombre? ¡Mi nombre  es... Dulcinea!

Don Quijote había logrado su objetivo. Cambió la opinión que tenía Aldonsa de ella misma y logra que se trasforme en una mujer útil, hermosa y atractiva. Una mujer que se odiaba y se despreciaba a sí misma, ahora es trasformada en pura belleza interior y exterior.

Esta analogía se ve a diario en nuestra comunidad hispana. Muchos se consideran Aldonsas y se menosprecian. Hay que dejar atrás los complejos de inferioridad y el negativismo, dejar de lamentarnos por nuestra situación precaria y de injusticia y luchar positivamente por lo nuestro.  Es hora de convertirnos en Dulcineas, de verlo todo de manera diferente y positiva, milagrosamente y con la ayuda de Dios, el mundo cambiará a nuestro alrededor.  

Aportación del Dr. Rodolfo Campos,  periodista  de origen chileno y pastor de la Iglesia de Dios Maranatha en Frederick.
 
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