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Dr. Alberto Martínez, de indocumentado a médico cirujano

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escrito por Redacción   

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Eran las 5 de la tarde, el día estaba lluvioso y el tráfico se movía lentamente. Llegué por fin al consultorio del Dr. Alberto Martínez en Bethesda. Mientras esperaba en la sala, observé los diplomas que colgaban en la pared de la entrada de su elegante oficina, Universidad de Georgetown, American University, Universidad de Texas.  Aunque sabía que el Dr. Martínez era cirujano oftálmico, nunca lo había conocido personalmente.

Al entrar a su oficina, me disculpé por la tardanza culpando al tráfico por la demora. “El tráfico es lindo”, comentó el doctor.  “Yo siempre llevo mi Ipod en el carro, donde he cargado audiolibros llenos de positivismo. Hay que estar feliz y contento por encima de todo. Ahora estoy escuchando los audiolibros Switch  y  80/20 Principles. Soy una persona espiritual, y me la paso bailando y silbando, hasta las cirugías las hago silbando.

Sin haber pasado 5 minutos de conversación, el doctor se levanta de su silla y dice: “Es importante mantenerse en óptimo estado físico. Yo aprovecho cada minuto libre que tengo para ejercitarme” Entonces, se dirige a la puerta donde se cuelga de una barra  instalada en el marco y comienza a mecerse hasta dar una vuelta de carnero. Se suelta y se dirige al estante de pesas y comienza levantar pesas con su mano derecha mientras da pasos de gigante agachándose un poco para estirar los músculos de sus piernas. Luego se para en un pequeño trampolín y comienza a saltar. Mis ojos se movían de arriba para abajo mientras me preguntaba que dirección tomaría la entrevista, finalmente regresa a su silla y le pido que me cuente su historia.

“Vine a los EEUU con una visa de turista falsificada cuando tenia 18 años.  Nací en Bogota y vivía en la pobreza de Colombia. Mis padres eran gente humilde de un pueblito, nunca terminaron la escuela primaria” 

Hijo de un celador y una empleada doméstica, Alberto Martínez fue expulsado de dos escuelas secundarias, aunque logró terminar su escuela en clases nocturnas, con los adultos. “Me la pasaba peleando pues detestaba la injusticia, pensé que era comunista, hasta que me di cuenta que los dirigentes de dicho partido eran peores que los demás.

Una vez en Nueva Jersey, Alberto comenzó a trabajar en dos fábricas. Trabajaba dos turnos de 8 horas y como era indocumentado ganaba la mitad del salario mínimo federal que en aquel entonces era $2.80, vivía apiñado con dos personas más en una pequeña pieza. “El dinero sólo me daba para la renta, la comida y el bus”

“Sabía que tenia que aprender ingles y comencé asistir a clases en la universidad de Nueva York, llevaba siempre un pequeño diccionario en mi bolsillo y practicaba en el bus escribiendo la palabra que aprendía, con su definición y pronunciación. Luego construía una oración usando dicha palabra” 

Al año de su llegada, con un fuerte acento y hablando un ingles flojo, Alberto decidió enrolarse en el Community College. “Los profesores me decían que era buen estudiante, allí me di cuenta que era inteligente, y que tal vez habría una oportunidad de lograr mi sueño de estudiar medicina” Alberto cuenta que un día su profesor de filosofía le preguntó porque estudiaba filosofía, a lo cual el contestó: “Quiero auto realizarme” Esta respuesta sorprendió al profesor quien le preguntó si estaría dispuesto a dar tutorías de filosofía a otros estudiantes. “Fue la primera vez en mi vida que ganaba dinero por mi cerebro y no por mis manos. Todo marchaba de maravilla hasta que un día, el College me pidió papeles y tuve que abandonar mis estudios. Vivía con un miedo aterrador de ser descubierto y deportado”

Un sacerdote cubano lo ayudó y comenzó a limpiar la iglesia y la escuela, “dormía en un rinconcito debajo de la escalera como Harry Potter” Alberto estuvo allí por año y medio hasta que un amigo peruano le preguntó si quería entrar al Navy.

“Era el final de la guerra de Vietnam y nadie quería entrar en las fuerzas armadas. El reclutador me consiguió un certificado de nacimiento que indicaba que había nacido en Comerío, Puerto Rico y así, luego de tres años en EEUU entré al NAVY como puertorriqueño”

Alberto se propuso ser el mejor marinero posible y se dedicó en cuerpo y alma a su nueva carrera. “Era la mejor oportunidad para lograr mi auto realización, para colmo tomé el examen y entré con el rango de E-3 como Hospitalman o Medic” En el entrenamiento básico de reclutas (boot camp), Alberto sobresalió y le pusieron a cargo 80 soldados de la compañía. “Yo les gritaba y no me entendían por el acento fuerte que tenía”

Contrario a su amigo Colombiano, quien fue investigado, expulsado del NAVY y arrestado, Alberto entró a la escuela ‘A’ en San Diego, California. Después fue enviado a un barco de guerra estacionado en Japón donde permaneció por dos años y aprendió a hablar japonés. “Estudié y trabajé para lograr ser un marinero excepcional, aunque sabía que algún día me descubrirían, era cuestión de tiempo”

Alberto trabajaba en el laboratorio médico del barco, sacaba sangre para pruebas de todo tipo, y hacia cultivos. “El doctor del barco no podía sacar sangre, y sin embargo, yo dominaba ese arte y era quien le sacaba sangre a todos, hasta el capitán solicitaba mi perfeccionada destreza, como dicen en Colombia, en el país de los ciegos, el tuerto es rey”

Recuerda, como hoy, el día que el miedo y la culpa lo consumieron y decidió confesarle a su superior, el médico del barco, que era colombiano y no puertorriqueño, y que sus papeles eran falsos. “El médico informó al capitán, y ambos quedaron anonadados. No podían creer que el mejor marinero a bordo era un indocumentado” El capitán tomó cartas en el asunto y redactó un contrato especial para que Alberto Martínez, ciudadano colombiano, pudiera permanecer en EEUU, en el Navy y eventualmente lograr su residencia.

A su regreso a EEUU Alberto comenzó a trabajar en el Hospital Naval de Bethesda, los fines de semana trabajaba como camillero (orderly) en el Suburban Hospital. En este tiempo conoció a una neuróloga griega con quien estuvo casado por 25 años y procrearon dos bellos hijos. Su matrimonio lógicamente le acortó el camino a la ciudadanía.

“Contaba con más de 60 créditos de estudio académico nocturno en el NAVY, y ya tenía documentos. Esto me abrió las puertas al estudio universitario.  Gracias a mi esposa, al GI Bill y a préstamos estudiantiles, me enrolé en American University donde en 2 años obtuve el grado de Bachillerato de Ciencias en Biología con altos honores (Summa Cum Laude) y un promedio académico de 3.99. El mejor de la universidad ese año. Les di cachucha a todos (les gané)”

Su sueño de ser médico parecía cada vez más real, era un maníaco del estudio y esa intensidad y dedicación lo llevaron a aprobar el MCAT (examen de entrada a la escuela de medicina) con un 10 (12 máximo).  Escogió estudiar en la Universidad de Georgetown donde obtuvo el grado de Doctor en Oftalmología (M.D.), su éxito académico lo colocó en el primer 20% de su clase. “La oftalmología era la sub-especialidad más codiciada en aquella época”   Hizo su residencia en la Universidad de Texas y su internado (fellowship) en hospital de Georgetown donde se especializó en cornea y desarrolló una excelente habilidad cirujana.  Posteriormente, aceptó la posición de Profesor Asistente de Oftalmología en la Escuela de Medicina de Georgetown y un año después fue seleccionado por los estudiantes residentes como “profesor del año”

“Disfrutaba mucho de la experiencia pero no me gustaba mi jefe, era un médico que no le importaban sus pacientes, no ejercía la medicina con compasión. De allí me fui a trabajar con un médico que me explotó y hasta quiso robarme. Fue entonces cuando me armé de valor y monté mi propia oficina”

Hace 11 años que el Dr. Martínez ejerce la oftalmología por cuenta propia, especializándose en transplantes de cornea, lentes intraoculares, cirugía refractiva (para eliminar el uso de los anteojos) y la eliminación de Pterigión, la carnosidad o nube que se forma en la parte blanca del ojo cerca del conducto lagrimal que es muy común entre los latinos. “Soy un excelente cirujano, y he desarrollado una impresionante exactitud en la eliminación de la carnosidad del ojo. Otros médicos vienen aquí a aprender de mí y yo les enseño con gusto”

En el 2005, recibió el Generous Heart Award (Premio corazón generoso) de la Fundación del reconocido abogado Jack H.Olender de DC., por su trabajo con una niña de 11 años. El doctor trajo a la niña de Colombia acompañada de su madre, y las alojó en su casa por un año, mientras le hacía todas las operaciones que la niña necesitaba para recobrar su visión.

El pasado mes de abril  le otorgaron en Premio Humanitario del Año del Distrito 22C del Club de Leones Internacional por su trabajo comunitario con el Club de Leones Latino de Maryland del cual es miembro fundador.  Mediante éste, ha realizado varios transplantes de cornea, cirugías de cataratas, varios tratamientos de glaucoma a personas de escasos recursos económicos. “Amo lo que hago, adoro a mis pacientes hispanos, ellos son la base de mi éxito, yo soy uno de ellos”

El Dr. Martínez ha viajado con otros médicos de Shady Grove para efectuar operaciones de cataratas y glaucoma en lugares como Kenya (Africa) y Tumaco (Colombia). “La gente llegaba remando por el río y esperaban horas para operarse. Hice 150 cirugías en una semana y perdí 5 libras”

Sus planes futuros incluyen mantener a los médicos excelentes que tiene en su práctica y así poder seguir haciendo misiones internacionales para ayudar a los menos privilegiados. “Vivo una vida simple, me conformo con poco, después de todo sólo puedo llevar una camisa a la vez”

El tiempo se pasó volando y el Dr. Martínez se despide para ir a su clase de yoga. Yo, como saliendo de un trance, me pregunté si mi artículo final haría justicia a esta increíble historia de éxito, ustedes mis queridos lectores, lo dirán.

 
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